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Dejarle pasar

Fue mi hija quien me animó.

Ella había estado trabajando en Benín los tres veranos anteriores con el Grupo de Misiones de la Congregación y en septiembre de 2011 entraba como religiosa en la Compañía del Salvador.

El viaje se organizó por un grupo de diez padres de monjas con motivo de la visita del Papa en noviembre de 2011. Ibamos acompañados por dos religiosas desde Madrid y allí nos encontraríamos con las tres misioneras, que llevaban pocos meses en Kalalé.

Me impulsó la osadía de hacer un recorrido espiritual por el alma de mi hija sirviéndome de este país. Seguro que allí encontraría la clave, o al menos alguna pista sobre su vocación. Los colores y el ritmo de Africa ayudarían, sin duda.

El Papa visitó Cotonou y tuvimos la suerte de participar en todos los actos. Nos trasladábamos en aquél autobús conducido por Felicien, quien cuidadosamente colocó en el parabrisas un cartel-acreditación en el que se leía “LAISSEZ-PASSER” (“DEJAD PASAR”); con esa autorización se nos permitiría acceder a las zonas más cercanas al Papa. Al leerlo comprendí que hacer turismo por almas ajenas no funciona, de modo que decidí centrarme en la mía propia y DEJARLE PASAR.

El Señor se iba acercando a mí a través de acontecimientos constantes: pude besar la mano del Papa, conocer a la Madre Celeste (Misionera de la Caridad maravillosa), vibrar con el grupo de padres y religiosas del Mater y sentir la alegría de los benineses con sus cantos y bailes, palmas y tambores.

Aquel DEJAR PASAR tenía que transformarse en un ENTRE SIN LLAMAR pues… ¿quién soy yo para autorizar el paso?

La llegada a la Misión de Kalalé tras un larguísimo viaje fue emocionante. Convivimos varios días con los misioneros: Padre Paul y Padre Satur, que junto con las misioneras del Mater nos fueron enseñando entusiasmados la vida en la Misión St. Pierre, en la que la rutina no existe. ¡Tanto por hacer! No parecían agobiados. Tampoco inmunes. Estaban alegres porque son gente unida a Dios y se movían con naturalidad, con ilusión y mucha pasión. Se les veía empapados de esa tierra,  viviendo la vocación como algo nuevo cada día. Se notaba que eran  PRESENCIA.

Muchos niños se acercaban a nuestro paso y reconozco que no sentía ninguna pena por ellos. Me dan auténtica lástima los nuestros, atrapados por las pantallas en sus múltiples versiones. Algunos  vivían en poblados paleolíticos y, entre juegos y risas, nos mostraban sus caras de alegría y sus pies descalzos. Quise ver en ellos la tierra dispuesta a acoger la semilla de la Evangelización, urgente y al tiempo acompasada por la inmensa paciencia de Dios al ritmo de los tambores africanos, que aún resuenan en mi mente como una bulería primitiva.

Cuca Alvarez-Romero