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Crónicas desde Kalalé – 9 “Es a Dios a quien oímos”

Este mes de agosto, hemos podido contemplar de cerca la misericordia de Dios, manifestada en diversos sucesos cotidianos.

La primera semana abrió el mes con un buen susto: fuimos al dispensario de Kalalé para visitar a Miskael, un joven de unos 17 años del grupo de confirmación, que estaba gravemente enfermo de paludismo, pues le había afectado cerebralmente. Le llevamos un zumo y unas galletas, pero nos encontramos con que estaba inconsciente. Para colmo, al laboratorio no habían llegado aún los resultados de los análisis, y la sensación era de impotencia. Nos impresionó profundamente la carencia de medios ante situaciones tan extremas.  La M. Belloso llamó a Gunu, el chófer, para que se llevase al chico y a sus padres al hospital de Parakou, algo mejor preparado. Gracias a Dios, llegó bien al hospital y al día siguiente nos dijeron que ya comía y se encontraba mejor. A los tres días vinieron sus padres para darnos las gracias y decirnos que Miskael estaba ya recuperándose en casa de su abuela. ¡Bendito sea Dios!

También hemos podido experimentar una vez más la buena relación que hay aquí entre los creyentes de diferentes religiones. Acabado ya el mes del Ramadán, recibimos visitas de diferentes grupos de niños musulmanes que venían para pedirnos el tradicional “aguinaldo”. Estaban arreglados, a su manera, como en España se arreglan para Nochebuena, y se contentaban con recibir unas galletas, que solían dar al mayor del grupo para que las guardara.

El jueves 15, día de la Asunción de Nuestra Señora, hicimos una romería. Durante el recorrido nos fuimos encontrando a medio pueblo de Kalalé y de sus alrededores, pues el jueves es día de mercado. Todos nos saludaban extrañados de vernos caminar en fila con el rosario en la mano. Al llegar al terreno encontramos a los obreros musulmanes y a los de la religión tradicional trabajando, y todos nos felicitaron por el día de fiesta que celebramos los cristianos.

Otro día acompañamos al P. Paul en su visita a los poblados. Estuvimos saludando y rezando con las comunidades cristianas de Gandobaka y Angaradebú. En la primera, eran dos o tres personas, y no pudimos entrar en la iglesia porque el hombre que tenía las llaves había salido al campo. En la segunda, no creo que llegasen a diez. No obstante, ya nos gustaría a muchos cristianos rezar con esa reverencia y fervor… Asombra ver la perseverancia y celo misionero del Padre por sembrar el Evangelio: a veces no viene nadie a la cita, pero él sabe que la semilla de la Palabra de Dios es eficaz y da fruto, aunque él no lo vea.

El domingo 25, después de la Misa, fuimos a la obra con algunos niños y jóvenes de la comunidad. La recorrimos entera, explicándoles un poco la función de las habitaciones. Alguno de ellos subía con cierto miedo, pero cuando llegamos arriba de la torre de agua les gustó mucho la vista del paisaje. Dejamos un minuto de silencio y les preguntamos: “¿Qué oís?” y Tanko (la mayor de los niños del internado) dijo: “Es a Dios a quien oímos”. Esperamos que Él nos siga permitiendo ser instrumento suyo para que muchos, como ella, le encuentren.

 



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