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Crónicas desde Kalalé – 8 Refuerzo misionero

Los días anteriores a viajar a Cotonou, para poder irnos tranquilas, visitamos bastante la obra. Ibamos  a despedir a la M. Ana y recibir a las dos Madres que venían de Madrid, junto con Myriam, nuestra arquitecta, y su marido.

El martes, día 2 de julio, al alba, salimos hacia Cotonou. Como en  África no se desaprovechan los viajes nos acompañaron Thérèse –una joven de la parroquia– y Lashida, la niña de la Misión que tiene una gran pérdida auditiva, para ir al médico de Lashida, y volver juntas en autobús desde Cotonou. Nosotras emplearíamos el tiempo que nos quedase en “recaditos administrativos” en la gran ciudad.

El viernes 5 hicimos el intercambio de pasajeros en el aeropuerto. ¡Qué alegría recibir un refuerzo en la Misión! A partir del sábado, en que llegamos a Kalalé, comenzó una intensísima semana de trabajo de obra, para aprovechar a fondo la sabiduría de Myriam. Cuando ella vuelve a Madrid, seguimos en contacto, pero no es lo mismo que tenerla con nosotras. Normalmente, nuestros obreros plantean los problemas que ven en las propuestas españolas. ¡Entonces viene el momento terrible de enfrentarse a Internet y, siempre que hay urgencia, nos pasamos un par de días sin conexión! En fin, con la gracia de Dios, los edificios van avanzando y la obra será toda de Él.

La semana siguiente, más “tranquila”, nos permitió volver a la normalidad de la vida de la Misión. Las Madres venidas de España pudieron empezar sus estudios de las lenguas de aquí, y retomar un poco el refuerzo con los niñitos, en especial con Lashida, que lleva mucho retraso por su problema de audición.

El viernes fuimos a visitar los poblados donde están los niños que tenemos en la Misión durante el curso, para buscar a Tanko, una niña de unos 12 años a la que, si no continúa sus estudios, pueden casarla con un señor no elegido por ella, o quedar embarazada e interrumpirse todo el esfuerzo que se ha hecho hasta ahora.

La visita a los poblados fue una maravilla: intentamos pilar maíz, cocinar una corteza de árbol, visitamos a los enfermos –de paludismo o de picadura de serpiente-. La gente nos fue regalando mazorcas de maíz, huevos, calabacines… Además, en cantidad, porque adoran a Mon Pére y a Mamá Cecile, que venían con nosotros.

Por fin, llegó del campo el padre de Tanko. Tanto él como la madre estaban de acuerdo en que continuara sus estudios y viniese a la Misión, pero la cara de la niña manifestaba claramente que le costaba separarse nuevamente de los suyos y reanudar el esfuerzo intelectual. Vamos a cuidar mucho de ella para que se encuentre lo mejor posible.

Al final de la semana despedimos a los dos seminaristas que han estado en Kalalé casi un mes, aprendiendo boo con los Padres, y viviendo en los poblados con la gente de ahí. La verdad es que todo son regalos de Dios, que no deja de enviar obreros a su mies.

 

 

 

 



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